Te hicieron la prueba el lunes. Te dijeron que el resultado tardaría unos días. Una semana o dos.
Desde entonces miras el móvil más de la cuenta. Cada número desconocido te encoge el estómago. Y vuelves una y otra vez a la cara que puso el médico cuando le preguntaste qué tenías y te contestó que había que esperar.
Si alguien que sabe más que tú esquiva tu pregunta, lo lógico es pensar que te esconde algo. Es lo que pensaría cualquiera. Por eso sabemos que no es desconfianza.
Nuria, de quien te hablé hace unas semanas, lo cuenta en su blog. Durante días de pruebas se preguntaba lo mismo: «¿Tengo algo malo y no me lo queréis decir?». Y nadie le respondía. Meses después escribe que ya entiende por qué: sospechar no es lo mismo que diagnosticar.
Tiene razón. Y desde mi lado de la mesa se ve así.
Cuando tengo delante unos ganglios que no me gustan, unas plaquetas bajas o una alteración en la analítica, casi siempre sé lo que podría ser. El problema es que también sé otras tres o cuatro cosas que podría ser. Algunas son graves. Otras se quedan en nada. Y hasta que no llegan las pruebas, no sé cuál es la tuya.
Si te digo «mieloma» el martes y el viernes las pruebas dicen que no lo era, ya habrás vivido tres días dentro de esa palabra. Habrás buscado en internet. Se lo habrás contado a tu madre. Habrás dormido mal. Y no hay forma de devolverte esos tres días.
Por eso se nos exige ser muy prudentes con un diagnóstico. Anunciar un cáncer que luego no existe no es ser sincero: es un error.
Y aunque acierte con la palabra, no basta. Detrás de «mieloma» hay casos que solo se vigilan y otros que se tratan desde el primer día. El nombre exacto cambia el plan entero. Decirlo mal y decirlo pronto son dos errores diferentes. El segundo también hace daño.
Esperar duele, y no es una impresión tuya.
En un estudio con 214 mujeres, las que iban a hacerse una biopsia de mama, sin saber todavía qué tenían, mostraban casi el doble de ansiedad que las que iban a tratarse un cáncer en el hígado ya diagnosticado. A veces, no saber pesa más que saber.
Por eso, cuando te digo «todavía no lo sé», no te estoy diciendo «no te lo voy a decir». Son frases distintas, aunque desde tu silla suenen igual.
¿Qué te habría ayudado a esperar mejor la última vez?
Tu turno.
La próxima vez que te digan que hay que esperar, no preguntes qué tienes. Pregunta esto:
«¿Qué estáis descartando y cuándo lo sabréis?»
No pides un diagnóstico. Pides el proceso y el plazo. Eso sí te lo pueden dar. Si quieres, añade otra: «¿Quién me va a dar el resultado, y cómo?».
Apunta la fecha que te digan. Si pasa y nadie te ha llamado, llama tú. No molestas.
Un abrazo,
Francisco | Diálogo en Salud
P.D.: Lo más difícil de mi trabajo no siempre es dar una mala noticia. A veces es intuirla y callarme. Ver a alguien preguntarme con los ojos, contestarle «aún no lo sé» y saber que se va a casa pensando lo peor. Lo hago porque, cuando por fin te dé un nombre, quiero que sea el correcto, y si puede ser con apellidos.
P.D. 2: ¿Conoces a alguien que esté esperando un resultado? Reenvíale este correo. Y si tienes alguna pregunta, respóndeme. Te leo.
Este contenido es educativo y no sustituye una consulta médica.
