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«Entonces, ¿no hacemos nada? ¿Seguro que no hay que tratarlo?»

Me lo dicen mucho en ciertas enfermedades. Acabo de explicar un diagnóstico que lleva la palabra cáncer dentro y, justo después, la segunda parte: que de momento no vamos a tratar.

El paciente me mira. A veces mira a quien le acompaña. Y luego pregunta.

Lo entiendo. Has entrado con miedo a un tratamiento, a un pronóstico, a unos efectos secundarios... y sales sin tratamiento. Que debería sonar a buena noticia, y no lo parece. Sales con un nombre que asusta, una analítica dentro de tres meses y nada en las manos. Ni una pastilla.

En hematología esto pasa mucho. Hay enfermedades de la sangre que avanzan tan despacio que tratarlas pronto no te da más años ni mejores: solo te adelanta los efectos secundarios. En la leucemia linfocítica crónica, por ejemplo, aproximadamente uno de cada tres pacientes no llega a necesitar tratamiento nunca. Otras no se curan, pero pueden pasar años sin dar guerra. En esas, cada tratamiento funciona durante un tiempo, y si lo empezamos antes de que haga falta, ese tiempo empieza a correr antes de que lo necesites.

Lo llamamos vigilancia activa. En inglés, watch and wait: mirar y esperar. Hay pacientes que le cambian una palabra: watch and worry. Mirar y preocuparse.

Tienen razón. La espera no es neutra. Pesa.

Mi madre, que lee esta newsletter, me escribió después de la última carta:

«La duda mata. Constatado personalmente. Si quedas en llanera a una persona para decirle el resultado de una prueba, llama en cuanto lo sepas, o lo antes posible. Yo, una vez que no podía más, llamé al oncólogo y me dijo: "¡Ah! Está todo bien, por eso no te he llamado". Me puse a llorar.»

Lo que vale para el diagnóstico vale también para la vigilancia.

Pero hay algo que desde mi silla se ve y desde la tuya no: esa espera tiene un plan. Cuando digo «vamos a vigilar» no digo «ya veremos». Sé qué número miro en tu analítica, cuánto tiene que cambiar para que me preocupe y qué haríamos entonces. Lo que pasa es que muchas veces no lo digo en voz alta. Lo doy por sabido. Y tú te llevas a casa la parte que asusta, sin la parte que tranquiliza.

Vigilar no es no hacer nada. Es decidir, cada pocos meses, que todavía no toca. Y esa decisión se toma contigo.

Tu turno:

Si alguna vez te dicen «de momento vamos a vigilar», antes de levantarte de la silla asegúrate de que entiendes el plan. Hazte tres preguntas:

«¿Qué es exactamente lo que vamos a vigilar?»

«¿Cada cuánto lo vamos a mirar?»

«¿Qué tendría que notar yo para no esperar a la próxima cita?»

Si no sabes la respuesta a alguna, pregunta.

Y si entre cita y cita aparece algo que te inquieta, llamar no es ser pesado. Es la parte de la vigilancia que te toca a ti.

Un abrazo,

Francisco | Diálogo en Salud.

P.D.: Tengo pacientes a los que vigilo desde hace más de cinco años. Nos vemos dos veces al año. Pasado el miedo de los primeros meses, ahora entran, hablamos de los nietos, de la cosecha, y luego miramos la analítica. Siempre vigilantes.

P.D.2: ¿Conoces a alguien al que le dijeron «vamos a vigilar» y se fue a casa con más dudas que respuestas? Reenvíale esto.

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